¿Qué es la felicidad?

La vida es un continuo aprendizaje y eso es lo que la hace tan especial.

Las primeras veces marcan.

Siempre hay una primera vez para todo, mejor o peor, pero siempre especial.

La primera vez en Sabana Yegua.

Salir de nuestra zona de confort acarrea un tiempo de adaptación, de asimilar y de entender. Más o menos conocedores de realidades distintas, cala en nuestro más profundo ser.

La euforia inicial se mezcla con un sentimiento de tristeza o de pena.

¿Cómo entender su felicidad?

Carencias de mucho tipo, desde el no acceso a cosas básicas para la supervivencia como puede ser el alimento, hasta una carencia emocional por una des-estructuración familiar. Una vida de continua lucha en donde rendirse puede resultar la opción más fácil.

Dar el paso de entrar en las familias, sentarse y escuchar nos hace partícipes de una cruda realidad, de lo injusto que es la vida y de cómo el lugar en el que fortuitamente hemos nacido será el condicionante principal de nuestra vida y nuestras oportunidades.

Ante esta dualidad, el recuerdo de Sabana Yegua va ligado; además de a las familias y los niños, a un sentimiento de vida pura, risas, felicidad y cómo no, a una bachata.

La incongruencia humana, donde los que menos tienen son, muchas veces, los que más enseñan.

El capitalismo y el consumismo crea una vida frenética, dominada  por un cronómetro  externo e interno, donde la  condición sine qua non es llegar.

A veces es necesario parar y reencontrarse con nuestras raíces y nuestras ramas.

La vida está para sumar,  infinitos capítulos que están ya escritos;  y más aun los que quedan por escribir. Que sumemos amaneceres, que los días no sean un mero suceso  del anterior o una cuenta atrás permanente y que ante todo, independientemente del con qué, seamos felices.

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Emocionando el tiempo

Ya llevamos por estas tierras los suficientes días como para empezar a romper con fuerza el caparazón de la vergüenza. Todas las mañanas nos levantamos anhelando el instante que poco a poco se acerca a cada segundo después de abrir nuestros parpados: ir a la puerta de la escuelita, donde todos ellos, los protagonistas de nuestro tiempo aquí y los protagonistas de este mundo, nos esperan con todas aquellas emociones irracionales e incontrolables de felicidad, alegría, amor, nerviosismo, entusiasmo y muchas otras que podemos ver poco a poco.

Cuando nos acercamos a la puerta, ellos vienen corriendo despavoridos y anhelando únicamente un abrazo que les haga volar del suelo tanto a ellos como a sus millones de sueños. Jugueteamos con ellos un rato y entramos a la escuela para tratar de enseñarles todo aquello que en un futuro les permita ser mejores personas. Los vemos crecer ante nuestros ojos y ellos nos hacen crecer a nosotros, nos hacen llegar a sitios a los que nunca podríamos llegar si no fuera por ellos. Aprenden sin parar y absorben todo aquello que nosotros les enseñamos, pero sobre todo nosotros aprendemos contantemente de ellos. Hacen que parezca que son ellos quienes nos dan clase a nosotros.

Pasan 2 horas a un ritmo frenético con momentos fabulosos y efímeras emociones de satisfacción, felicidad y orgullo por todo lo que hacemos, también aparecen momentos de frustración y desesperación que nos hacen evolucionar tanto que no podemos llegar a calcular todo lo que nos aportan.

Salimos de la escuelita agotados debido a toda la energía desprendida, pero sólo con pensar que aún nos queda el veranito se nos inyecta una energía inmaculada e incalculable que nos hace volar hacia la felicidad más perfecta. Antes de esto, convivimos con todos los niños, pero también con sus familias, tanto dominicanas como haitianas. En una de estas que decides dar un paseo por las calles de San Francisco y saludas a sus habitantes, te acercas a sus casas para conocer sus historias. A veces sientes impotencia porque te gustaría mejorar la situación. Sin embargo, lo único que puedes hacer es decirles que pueden contar contigo para lo que haga falta y que estás ahí, que eres un punto de apoyo. Eso hemos sentido hoy cuando hemos ido a casas de la comunidad haitiana, conversas con ellos y puedes notar el dolor que sufren debido a la exclusión de la comunidad dominicana. Tocar la realidad tan de cerca te hace sentir insignificante frente al dolor inimaginable.

Las emociones, como vemos, no hacen más que florecer, crecer y aparecer al convivir  con todos sus habitantes, vivimos millones de situaciones dantescas e inimaginables en nuestras mentes antes de poder venir aquí, vemos realidades que existen desde hace mucho en este lugar pero que no podemos llegar a ser conscientes de ellas hasta que las vemos en primera persona.

Pasan las horas, los minutos y los segundos uno tras otro sin detenerse ni un mero instante. Corre el reloj sin parar ante nuestros ojos y a cada instante que pasa aparecen todas estas emociones. Está claro que con las palabras es imposible transmitir todo lo que sentimos, vivimos, experimentamos y percibimos. Porque realmente es tan inmenso, imperceptible e inimaginable para una mente que no ha tenido la suerte de vivirlo, que sin esta maravillosa oportunidad poder a llegar a entender todo aquello que vivimos aquí no se puede comprender con tan solo unos párrafos.

Todos nosotros tenemos la oportunidad de poder vivir este tipo de experiencias, así que, sólo cabe decir que hemos aprovechado, estamos aprovechando y aprovecharemos cada segundo del tiempo que estemos aquí.

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