MARÍA
MARÍA

MARÍA

¿Qué tal en Sabana Yegua, cómo ha sido tu experiencia? ¿Cómo es realmente el vivir allí durante tanto tiempo? Creo que es probablemente algo que muchos querréis saber.

Si os soy sincera, no he sabido responder a esta pregunta. No es nada fácil resumir tantas emociones, tantos momentos vividos, tantas anécdotas en un párrafo o en diez minutos para que se pueda entender como de increíble ha sido esta experiencia. No os voy a engañar, en un principio sentía ese miedo de irme a un sitio tan lejos de casa sin saber realmente que me encontraría. ¿Pero sabéis? Ese miedo desapareció a los pocos días de estar allí.

Nunca hubiese imaginado la acogida que tuvimos al llegar. Todos nos esperaban con los brazos abiertos, con ganas de conocernos, de empezar los proyectos, de jugar, de cantar, de bailar, de enseñarnos, de aprender, de reír. Todo el mundo nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Raro era que te encontraras con alguien que no se preocupara por si estábamos bien, por si necesitábamos cualquier cosa. Esa sensación de sentirse como en casa cuando estás a miles de kilómetros de ella, con personas totalmente desconocidas y con muchas menos facilidades… Es indescriptible. Entendí todo lo que nos habían contado veteranos de otros años, que realmente llegas allí y eres uno más de ellos. Entras en su día a día, te buscan como si llevaras allí toda la vida, y lo que es mucho mejor, aun siendo nuevo, aun siendo tu primer año, hacen que te sientas como si no lo fueras.

Y así, poco a poco, lo que era desconocido en un principio, termina siendo casa, termina siendo familia.

Cuando estás allí, el tiempo pasa volando. Haces tantas cosas en un día que no te das cuenta y, cuando abres los ojos, ese mes y medio que al principio parecía muchísimo, se ha pasado en un segundo. Cada día nos sorprendía más, cada día había una anécdota nueva que contar, pero lo más importante, cada día volvíamos todos a casa con la misma ilusión con la que llegamos el primer día. Los días allí son intensos, haces de todo. En un día te levantas, vas a la escuelita, vas a ver a familias a que te cuenten sus historias, haces el veranito, vas a jugar a la cancha de San Francisco, cenas con las familias, bailas en la calle con todo el pueblo, vas a la compra, corres bajo la lluvia, juegas a su juego favorito “el topao” (pilla pilla) millones de veces, o simplemente paseas por las calles para ir encontrándote con la gente. Así es un día en Sabana Yegua, así era nuestra “rutina”.

Nunca imaginé que el llegar a casa, el estar de vuelta y volver a mi día a día me costaría tanto, que echaría tanto de menos Sabana Yegua. Al irme de allí, sentí que no sería la última vez que estaría en Sabana Yegua, sabía que de cualquier manera volvería y sé que lo voy a hacer. Allí creas un vínculo especial con los niños, con las familias, con los monitores… Con el pueblo. Ese vínculo es el que te hace sentir que no es la última vez que vas a estar allí, la que hace que cuando vuelves aquí quieras seguir manteniendo esa relación tan fuerte que se crea en ese mes y medio.

Si hay algo que he aprendido en este mes y medio es que más que la huella que dejamos nosotros allí, es la huella que nos dejan ellos a nosotros,

María.

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